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Vigilia de una noche de verano

  • (Publicado en El Norte de Castilla, 19 de julio de 2023)

Desde aquel infame mes de julio en que se abrieron nuestras entrañas al abismo, los rebaños de amapolas se ven obligados a ceder también su color a una espantosa vergüenza

Rafael Vega


Estas noches no duermo. No hay quien duerma. Contemplo la madrugada densa y detenida que jadea sobre mi calle de ventanas abiertas y comparto todo ese silencio pegajoso con un vecindario que imagino también con los ojos abiertos. Hace tanto calor que las ideas peregrinan en busca de fantasmas, de temores y de ocurrencias; a veces arrumban hasta acabar fuera de quicio y saltan como monos colgados de lianas. Quién podría reprochárselo durante noches así.
No quisiera pasarme de frívolo, aunque me disponga a serlo. Menos aún, durante el mes en que la falta de respeto a raíz de una bajeza urdida inexplicablemente entre demócratas ha logrado alcanzar su cúspide gracias a una consigna cruel que no solo ha esparcido por España el gusto amargo, inconfundible y persistente de la bilis, sino que ha logrado dividir al que siempre nos pareció único átomo realmente indivisible que quedaba: el colectivo de las víctimas de ETA.
No quisiera, decía. Pero durante las vigilias forzosas que nos propina esta cadeneta de noches tropicales, sin un solo hálito de brisa que llevarnos a la piel, me asalta la idea de que, en según qué momentos, pareciera que aún mantienen sus trincheras cavadas entre madrigueras y toperas, en perfecto estado de revista, aquellas dos Españas retratadas para siempre en los proverbios y los cantares del poeta de los campos de Castilla. Este año de calor extremo —frivolizo, como advertí— los corazones arden sin remedio. No hay España capaz de helarlos a pesar, incluso, de los versos premonitorios.


Aun así, la atmósfera irrespirable que aún nos procuramos nada tiene que ver con el calor. Parece un mal chiste, un disparate, pero se decepcionarían sin duda nuestros abuelos si tuvieran oportunidad de vernos así de cansinos, pueriles, rencorosos, intensos, susceptibles y cargantes. Transitamos un mes de julio echado a perder por la campaña electoral; arrumbado una vez más a los paisajes color Berlanga con vaquilla en tierra de nadie. Hubiéramos preferido que nuestras dos Españas fuesen a lo sumo la que trabaja y la que veranea; la que por turnos de vacaciones atiende y la que es atendida. También la que se decanta por los espectáculos vespertinos en conciertos multitudinarios y la que prefiere las verbenas familiares, de bombillas colgantes, entre cínifes y chufas a remojo; la que conserva las peñas en garajes prestados o la que saca unas cuantas sillas plegables a la calle; la del camión de las sandías o la del cartel de los helados agotados. Pero esta campaña electoral no solo le ha robado el mes de julio a esas dos Españas que nos merecíamos y nos hemos trabajado poco a poco, durante décadas. También se la ha arrebatado al verano de consolación que se permite la España de piscina municipal y merendero, la de los carteros, la de los llamados a la mesa, la de los militantes de base, hartos ya de pegar una y otra vez carteles con las mismas caras; la España de la siesta en comedores a oscuras ante la cantinela aterciopelada de un serial televisivo, hoy interrumpida por las soflamas electorales del día.
Solo la ola de calor mantiene su desdén a este trastorno. Al fin y al cabo, parece que ha venido para quedarse, como dicen los fanáticos de la inteligencia artificial. Acaso a partir de ahora los veranos traigan un ardor distinto, un desasosiego furibundo que jamás se aplaque por la noche. Desde aquel infame mes de julio en que se abrieron nuestras entrañas al abismo, los rebaños de amapolas se ven obligados a ceder también su color a una espantosa vergüenza que no se va ni pasando página, ni mirando al lado contrario de la historia, ni con esta contumacia que todo lo cubre, como una manta insoportable en una noche de verano.